Argentina ha adoptado una práctica discursiva que marca los debates agrarios contemporáneos: la tendencia casi automática de presentar cada tema relevante en términos de opciones mutuamente excluyentes. Insumos o procesos. Granos o pasturas. Posiciones radicales sin término medio.

Este binarismo atraviesa conversaciones sobre tecnología productiva, sistemas de crianza, uso de recursos y hasta cuestiones vinculadas a energía. Aparentemente, la estructura «esto o aquello» se ha vuelto el molde predeterminado para cualquier cuestión que merezca debate en el campo argentino.

El costo es significativo. Al reducir temas complejos a dos opciones simplificadas, se cierran deliberadamente los caminos hacia análisis integrados. Se descartan automáticamente las estrategias híbridas, los enfoques complementarios, las síntesis que podrían aprovecharse de lo mejor de cada perspectiva. La capacidad colectiva de pensamiento se ve innecesariamente limitada.

Contra este patrón hay remedios accesibles. Cultivar la duda metodológica respecto a certezas ofrecidas como inamovibles. Investigar con rigor, consultando múltiples fuentes especializadas. Evaluar críticamente cada proposición importante. Expandir continuamente las propias posibilidades de saber.

El momento presente ofrece ventajas. Las herramientas para acceder a información diversa, para contrastar perspectivas y para profundizar en temas específicos están más disponibles que antes. No existe excusa válida para conformarse con marcos rígidos o certezas inflexibles.

El llamado es hacia una maduración del debate rural argentino. Se necesita pensamiento capaz de reconocer la verdadera complejidad de los fenómenos agropecuarios, que admita la coexistencia de variables distintas y que busque respuestas sofisticadas antes que soluciones simplistas. Solo así el sector podrá avanzar hacia un desarrollo genuinamente sólido y resiliente.

Imagen: Darya Grey_Owl / Pexels – Con informacion de Clarín Rural

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