Los créditos denominados en dólares alcanzaron proporciones máximas respecto a depósitos en comparación con los últimos años, consolidando un cambio de estrategia en la política de financiamiento. Este fenómeno refleja los esfuerzos del Gobierno por transformar la moneda extranjera en pivote de la actividad económica.
La transición responde a una realidad incómoda: el crédito en pesos enfrenta serias limitaciones. Las instituciones financieras encuentran restricciones para ofrecer préstamos en moneda local, lo que afecta la inversión y el consumo. Ante esto, el Gobierno optó por flexibilizar las reglas que gobiernan operaciones en dólares, esperando que ello permita que los préstamos en moneda extranjera compensen la debilidad del financiamiento interno.
Las perspectivas positivas existen. Un mayor flujo de crédito dolarizado podría catalizar actividad económica en sectores que lo requieren. Empresas con dificultades para acceder a financiamiento en pesos encontrarían alternativas en dólares. El resultado potencial es un aumento del crédito disponible y una reactivación de la inversión.
Pero los riesgos merecen consideración seria. Los deudores en dólares experimentan vulnerabilidad ante movimientos cambiarios adversos. En una economía que regularmente sufre presiones sobre el tipo de cambio, esta exposición es real y puede volverse crítica. Si el peso se deprecia, el costo de servir deudas en dólares se incrementa sustancialmente para quienes ganan en pesos.
La experiencia acumulada en Argentina sugiere precaución. Períodos de excesiva dolarización crediticia han precedido a crisis financieras significativas. Por eso, aunque la flexibilización ofrece un alivio inmediato, exige supervisión regulatoria atenta para asegurar que el sistema no acumule riesgos cambiarios que terminen comprometiendo su estabilidad futura.
Imagen: https://kaboompics.com/ / Pexels – Con informacion de Ámbito






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