En medio de la discusión sobre inteligencia artificial y educación, emerge un riesgo que pasa inadvertido porque carece de la espectacularidad del fraude académico tradicional. Se trata de estudiantes que utilizan sistemas de revisión y mejora textual sin haber desarrollado nunca las capacidades fundamentales que esos sistemas presuponen.

El fenómeno es más frecuente de lo que se reconoce públicamente. Un alumno produce un texto, lo procesa a través de una herramienta de IA, recibe correcciones y sugerencias, y presenta el resultado como propio. Formalmente, está actuando dentro de los límites permitidos. Educativamente, sin embargo, está siendo defraudado: pierde la oportunidad de aprender.

El trabajo de revisar críticamente lo que uno escribió constituye un momento de aprendizaje denso. Requiere que el estudiante lea con perspectiva externa, identifique problemas en su propia lógica, comprenda por qué ciertos argumentos no funcionan y corrija. Es mediante este ciclo iterativo que se adquieren verdaderas competencias escriturales y de pensamiento crítico. Cuando máquinas automatizan este proceso, los estudiantes quedan excluidos de su propia formación.

Lo particularmente problemático es que este fenómeno permanece invisible. No hay deshonestidad flagrante que sancionar. Hay, simplemente, aprendizaje que no ocurre, competencias que no se desarrollan, procesos cognitivos que se evitan. Un estudiante puede acumular documentos bien redactados, estructurados y corregidos sin haber jamás redactado, estructurado ni corregido algo por sí mismo.

Las consecuencias se manifestarán a mediano plazo, cuando estos egresados enfrenten situaciones que requieran esas capacidades que nunca desarrollaron. Pero para entonces, la brecha será difícil de cerrar.

Las instituciones educativas requieren replantear sus enfoques pedagógicos. No se trata de criminalizar la IA ni de prohibirla, sino de diseñar procesos de enseñanza que garanticen que los estudiantes realmente aprendan, que genuinamente desarrollen capacidades, incluso en contextos donde la tecnología ofrece atajos tentadores. Sin esto, la brecha entre apariencia de competencia y competencia real seguirá ampliándose.

Imagen: Matheus Bertelli / Pexels – Con informacion de El Cronista

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